Hace un par de semanas, un domingo en la tarde, vimos “The art of getting by” y quedé bastante mal.

En realidad, todo partió bien, con esa sensación reconfortante en el pecho cuando George, un adolescente poco sociable que pasa por una depresión, logra que aquella chica -que no es la-más-popular-de-la-escuela, pero si bastante bella– ponga de alguna manera sus ojos en él y hasta lo ame.

Verlos deambular como amigos, juntos por largos pasajes de la película, en medio de una azulada Nueva York, era conmovedor a ratos. Emocionante en otros. Y frustrante después de un par de horas de terminada la película. Según fue pasando ese domingo, la sensación se fue haciendo cada vez más angustiante, digna del insomnio que posteriormente acompañó la madrugada del lunes.

El viernes pasado nos juntamos con una pareja de amigos en mi casa. Ellos han transformado en costumbre aquello de lanzarse indirectas respecto a los problemas que tienen en su relación, como pidiendo que actuáramos como jueces. Con mi esposa no dijimos nada. Ante el resto, recuerden, somos una pareja normal, de aviso publicitario. Pero luego, cuando empezaron a hablar de lo tedioso de la rutina y de la decepción, e inquieto por todas las sensaciones que me provocó la película, me salí del papel y lancé una reflexión no más…

Lo frustrante es saber que probablemente nunca más vamos a sentir el amor como cuando éste comienza.

Así, con esa frase resumí aquellas horas de insomnio del lunes. Horas de nostalgia. O quizás, directamente, de envidia por un personaje de una película que descubría y comenzaba a vivir el amor y a experimentar todo lo que ello implica. Lo resumiría con lo que un primo me dijo un día: “el amor es una enfermedad”. Y es cierto. Es una sensación de estar como enfermo: todo a tu alrededor funciona y sucede con tanta normalidad mientras sientes que nadie puede entender lo que te está pasando. Y es genial…

Mis amigos polemizaron un largo rato, apostando que esos fuegos artificiales del comienzo podrían ser incluso la causa de tantas separaciones de congéneres treintones, tantos revival con amigos de Facebook. La adrenalina es el antídoto de la rutina y, como químico adictivo, es tentador hasta la estupidez de ponerlo todo en riesgo, concluimos.

Mi esposa me miró y no dijo nada. Solo ladeó la cabeza al escuchar mi teoría y se levantó a servir el postre y verificar que Bernardita y Javier dormían. Estuvo callada el resto de la noche. Cuando se fueron mis amigos y llegó la hora de dormir, ya con la luz apagada, me preguntó: “Ernesto, ¿tu te sientes así?”.

– Por supuesto que no, amor.

Le dí un beso en la frente y me di vuelta para dormir. En realidad, para ver el sábado amanecer.