La situación es más fuerte al darle una vuelta reflexiva, que vivirla en sí misma. Estamos separados con mi señora, hace harto tiempo, pero seguimos compartiendo el mismo techo. Es una situación extraña, pero a lo mejor no lo es tanto. Yo sigo enamorado, pienso –con gran inocencia, tal vez- que la relación puede salvarse, pero mi señora sostiene todo lo contrario. Por una larga lista de razones, ella tomó la decisión de ponerle fin al matrimonio, aunque legalmente todo descanse igual y –aparentemente- en paz.

Ella se sacó la argolla y se dice “separada”. Yo no me he sacado la mía y digo “en crisis”. O como reza la alternativa de Facebook: “Es complicado”. Hay una hija de por medio que, con nueve años, entiende todo lo que pasa. Obviamente, a ella le gusta estar “en familia” y no quiere que sus padres se separen. El hecho es que, en lo más íntimo de la expresión de las relaciones, sus padres están separados. Y esa es la situación fuerte de explicar. Es más difícil hablar de ello que vivirlo en el día a día.

Las cuentas se tratan de pagar de la manera más compartida posible. Las decisiones del quehacer cotidiano se conversan de manera normal. Se siguen visitando juntos a amigos y familiares. Se siguen celebrando en conjunto los cumpleaños. Oficialmente yo he vuelto donde mis padres. Tengo repartidas las cosas entre mi oficina personal y la casa paternal. La crisis ya lleva, por lo menos, cinco años. Han pasado períodos de tranquilidad y otros que mejor ni acordarse.

Daquella manera

Daniel Lobos – CC BY 2.0

Siempre he dicho que en muchas materias, pero –sobre todo- en las relaciones humanas, cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Y defiendo a quien busque salvar una pareja. Soy de los que creen que es posible que el amor perdure toda la vida. Respeto todas las posibilidades en las otras personas, pero en mi vida me identifico más con la instauración tradicional de la pareja estable, la familia unida, el matrimonio por siempre.

Reconozco que esa estructura forma parte del argumento del por qué esta separación de mi matrimonio no se vive de una forma más cruda, intensa y –quizás- hasta más realista si se quiere. Pero la razón principal es tan melosa como profunda: es por amor. Sigo amando a mi esposa. Me hago responsable de los errores que terminaron por cansarla de la relación, pero se me hace imposible –al menos hasta ahora- dejar de quererla como mujer y como compañera.

El que explica se complica y lo cierto es que acepto críticas y comentarios. Pero insisto: cada uno sabe dónde le aprieta el zapato. Veo a mi hija contenta al sentirse parte de una familia. Las discusiones y las peleas le bajan muchos puntos a esa sensación, pero si los conflictos logran manejarse de buena forma la sangre no llega al río.

Es tenue, es verdad. La frontera es delgada, es verdad. Es una delgada línea roja. Pero me es imposible tomar una decisión distinta. Me suena antinatural para mí, no sería yo mismo el que actuara o reaccionara en otro contexto relacional. En esta situación complicada me siento más verdadero, considero que hay más honestidad de mi parte. Y, claro, junto con ver contenta a mi hija no pierdo la esperanza de recuperar el amor de mi esposa. “Es por amor, que al mundo yo le hago frente. Y por amor, si caigo me levanto siempre” cantaban los GIT cuando estaba terminando mi Enseñanza Media. Algo de eso me sigue dando vueltas en el pecho…

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