En la película “Antes de Medianoche”, protagonizada por Julie Delpy y Ethan Hawk,  es posible disfrutar una escena en que se comenta que al recuperar consciencia –luego de una enfermedad o accidente- las mujeres preguntan en primer lugar por su familia y seres cercanos, al contrario de los hombres que parten por miran bajo las sábanas para cerciorarse si su miembro continúa intacto entre las piernas.

La lectura o el análisis apresurado convendrá que dicho comportamiento responde a la necesidad  de sentirse Macho, condicionada exclusivamente por la existencia y buen funcionamiento del órgano genital, fenómeno que en el caso de las féminas no se da, ya que ellas validan mucho más el hecho de ser fértiles y procrear y no el óptimo estado muscular de la vagina, útero, o pechos con el fin de mantenerse vigentes para las artes amatorias. Así mismo, podría concluirse que a las mujeres no les interesaría tanto poseernos como nosotros a ellas.

Ahora, con el ánimo de voltear tuerca a nuestras características masculinas más básicas, a pensamientos como que la función del macho sería mantener la especie y proveer, es que me iré por algunas ramas más dulces y jugaré a plantar a Adán frente a Eva y validar su preocupación por el miembro como algo lógico y necesario para conseguir la conexión más absoluta… compartir el fruto prohibido.

Me explico, no existe hasta hoy un segundo más glorioso para Adán que aquel en que su cuerpo ha invadido (no poseído) a Eva, encontrando en esa desnudez lo que es a la comunicación moderna la fibra óptica, la epifanía en que todas las incertidumbres se ven opacadas por la potencia de saber que aquella mujer no quiere otra cosa que estar ahí y continuar siendo amada y penetrada.

No es menor, esto último, si tomamos en cuenta que el pensamiento femenino no logra ser explicado por la razón masculina, resignándose a frases como que a las nenas hay que tan sólo quererlas y no entenderlas, lo cual validaría mi teoría sobre lo importante que es para el Homo Sapiens dejar de romper los sesos y ser más Homo Erectus (en toda la expresión de la palabra) para encontrar la simple conexión, aquella micro temporalidad en que los fuegos artificiales en el ring de cuatro perillas lo hacen sospechar por qué esa mujer desea estar con él, ya que la complejidad cotidiana no le reportaría ni permitiría otras verdades mayores.

El macho no ha logrado comprender a las hembras a través de los siglos, quizás por ello esfuerzos como desarrollar el manoseado lado femenino, por acercar sensibilidades, que quizás sea el mejor ejemplo de que los nenes perseguimos y venimos a este mundo a encontrar nuestras compañeras con las cuales sentirnos deseados, siendo la única aspiración realista -jamás empatizar con sus cambios de carácter ni sus explicaciones sobre esto o aquello- y un pensar y motivo mucho más romántico que el tan sólo engendrar, criar o ver crecer a los niños.

El hombre adora, cuida y le rinde honores al miembro debido a que sus limitantes sólo se ven silenciadas en ese preciso instante en que aquel músculo amatorio le otorga la sensación más enorme y absoluta de su existencia, el sentir que no necesita entender nada, que no necesita comprender comportamientos ni maneras diferentes de pensar, solamente que él, Adán, y ella, Eva, han nacido para comer esa manzana y descubrir a través del pecado que la única certeza es que ambos desean amarse y que posiblemente no exista un mañana para hacerlo, que esa complicidad total debe ser aquí y ahora, es decir, o te comes la manzana o jamás lograrás saber la única y santa verdad…que Eva quería comérsela contigo y arriesgar hasta el castigo más infernal por ello.

Al final, no es que no queramos perder el miembro, sino que tenemos miedo a no lograr nunca más ese segundo. Nuestro fin no es perpetuar la especie, sino que perpetuar la conexión.

Sobre El Autor

Periodista, comunicador social y ex tenista, fue columnista del Diario La Época y crítico de cine en revista “Plano 9”, pero se siente más escritor; dos libros publicados: "Encumbrado en la noche de Plaza Italia “ (LOM) y "Momentos y contramomentos" (RIL), y pronto su primera novela. También es pintor con exposiciones en colectivo e individual a su haber. Aunque habría preferido más tiempo para la cocina (su creación, un plato llamado Chamuyo). Le habría gustado estudiar mecánica y dedicarse a la restauración de Escarabajos (VW), maneja un “Vocho” de 1960. Y destaca que tal vez el gran amor por su mujer (Azafata) viene de su película favorita “Dónde está el Piloto”, mismo amor que siente por sus dos hijas y por sus dos fieles perros.