Con Silvana seguimos al tres y al cuatro con nuestra situación. Lo más seguro es que haya que cambiar a nuestra hija de colegio. Aunque iniciamos un emprendimiento en conjunto, aunando sus conocimientos de ingeniera comercial con los míos de relacionador público, las cosas no avanzan al ritmo que necesitamos. Es como el hotel de Condorito: “Dos se van, uno llega”. Por una pega que entra, se pierden otros negocios.

Aunque suene raro, hace rato que nuestra separación no implica separarnos. Por uno u otro motivo, sólo nos tenemos a nosotros. En común está nuestra hija Natalia. Las pocas ganancias son todas para ella y sus necesidades.

Vivo en un departamento muy pequeñito del centro. Lo único bueno que tiene es que aún se puede mirar hacia el oeste sin edificios encima. Mirar hacia al oeste me sirve para pensar que estoy frente al mar. Me declaro un nerudiano. “Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes/ a tus ojos oceánicos”, dice el poeta. Por lo pronto, inclinado en las tardes yo sólo trato de encontrar pegas atractivas, sin pensar en el fin de mes.

Los árboles no me dejan ver el bosque y aún no entiendo ese proverbio oriental que señala que las crisis son también oportunidades. Para mí hasta ahora todo ha sido un simple juego de dominó, pero ese en que una pieza va cayendo tras otra.

Me acuerdo que Police cantaba algo así como “mientras todo cae a tu alrededor, recoge lo mejor que va quedando”. Y sin haberlo pensado antes, creo que eso es lo que hacemos con Silvana. Lo mejor que queda es Natalia. Y por recoger eso grande que permanece, tenemos que seguir conectados.

Muchos hacen lo mismo, pero cada uno en lo suyo. Lo “malo” en este caso no hemos podido hacerlo. Conocemos más o menos a la misma gente. Aunque hemos buscado pega en empresas grandes, no ha pasado nada. ¿Qué más queda? Juntar las fuerzas. Estamos separados, pero como pareja. Como profesionales y como padres, no podemos separarnos.

Si la crisis es también oportunidad, insisto en declararme ignorante. No veo ni la oportunidad ni el para qué.  Mientras miro por las ventanas de mi departamento hacia el oeste, veo que seguimos remando en un océano complicado. Y aunque no sigamos unidos, remamos para el mismo lado. Realmente todo cae alrededor. No hay otra que recoger lo mejor que va quedando…