A raíz de mi columna anterior, donde planteo la posibilidad del matrimonio abierto, es que recibí distintas opiniones de amigos y gente cercana. Lo que más se repitió fue el gusto de los hombres por tener distintas amantes, así como la negativa a que sus mujeres o esposas gocen del mismo privilegio o régimen.

A todos ellos cabe preguntarles si se consideran tan atractivos, tan interesantes, tan entretenidos, tan creativos y tan buenos amantes y compañeros como para mantener a sus parejas contentas y satisfechas  durante 50 años de matrimonio. Creerlo sería estar inmerso en una completa ceguera y poseer un ego digno de análisis.

¡No soportaría que mi señora se acostara con otro!, me dicen. Sin embargo, a la hora de saborear la posibilidad de una conquista tampoco dudan en expresar que una canita al aire no le hace mal a nadie, que uno se la merece, que los hombres necesitamos más el sexo que las mujeres, que lo único que demuestran son los afanes de justificar su actuar solapado y además machista, ya que sus mujeres no requerirían según sus razonamientos esas canitas al aire, ni esas escapadas, y tampoco serían tan sexuales. Es decir, puras mentiras, ya que durante estos días fue de las mujeres que recibí las mayores y repetidas muestras de complacencia con mi artículo, especialmente por el hecho de salir de la monotonía, sentirse atractivas y no la posesión de un hombre que se cree su dueño, y menos tener que satisfacerlo a pesar de que ya no les parezca atractivo. Casi todas dan por hecho además que estos maridos al menos una vez deben haber tenido una historia que no han contado, pero que tampoco les interesaría saberlo, cosa muy contraria a ellos que confiesan ojalá contar con cada detalle si ha sucedido (que lo dudan por supuesto, otro rasgo machista) y lo doloroso que les resultaría, posiblemente hasta para llegar a separarse.

Lo que queda manifiesto es el tremendo ego que tenemos los hombres, la eterna disparidad de nuestros razonamientos al enfrentar la figura femenina y sus capacidades. En resumen, no soportamos ver a las mujeres como seres independientes de nuestra persona, no soportamos saber que ellas distancien su deseo de nuestra agotada masculinidad, no soportamos que no sean propiedad exclusiva, aunque esos cueste someterlas a vista y paciencia, no soportamos imaginarlas con otro hombre, pero si no nos cuesta nada que la mujer de otro se acueste con nosotros, que la mujer de otro las haga todas y repetidas veces con nosotros, eso significa un trofeo, una razón más para seguir haciendo crecer nuestro ego, el cual será aun más grande si la mujer conquistada es más joven. Eso, los amigos te lo aplaudirán. No así si ven a tu mujer con un amante más joven, ahí serás el hazme reír y un cornudo de proporciones.

Por eso mi llamado es a pararnos en la otra esquina y mirar las cosas desde otra perspectiva, los invito a mirar esa tremenda cantidad de miedos y desconfianzas que nos han llevado a través de siglos a ir armando una coraza de convenciones sobre lo que es ser verdaderamente un macho, un macho que no es capaz de desprenderse de todas aquellas carencias que han constituido y musculado un ego, al cual es muy fácil destruir, ya que la rigidez del paradigma permite que sea muy permeable. Y me explico, cuánto es necesario para destruir la imagen de un super macho, sólo que su mujer lo traicione y eso se sepa. Así de simple. Y claro, la moralidad nos rescatará para calificarla de perra, de puta y de todos esos epítetos que nos acordamos para no mirarnos y autocriticarnos, dándonos tan sólo para echarle una vez más la culpa de todo ¿a quién?… a ella.

Ahora, si eres un tipo inteligente sabrás que tu mujer es una mina total que se merece ser considerada ante todo una persona con las mismas necesidades, sueños y capacidades que cualquiera y que no somos dueños de nadie, que sólo somos un compañero, un compañero que mientras menos necesite someterlas será aún más interesante como hombre, ya que el dejarlas ser demostrará confianza y seguridad en nosotros mismos. Si eso nos lleva a plantear un matrimonio abierto bien y si no ya habremos dado un gran paso para convertirnos en maridos mucho más agradables y menos insoportables, hombres que no basemos una relación en el eterno “es que ella es mía”. Si a eso sumamos que no existe peor anti-afrodisiaco que un hombre moralista que no sabe pasarlo bien y que no deja pasarlo bien, ya tenemos una guía de por dónde transitar de los 30 a los 80 años para construir parejas más felices y respetuosas de la individualidad.

Sobre El Autor

Periodista, comunicador social y ex tenista, fue columnista del Diario La Época y crítico de cine en revista “Plano 9”, pero se siente más escritor; dos libros publicados: "Encumbrado en la noche de Plaza Italia “ (LOM) y "Momentos y contramomentos" (RIL), y pronto su primera novela. También es pintor con exposiciones en colectivo e individual a su haber. Aunque habría preferido más tiempo para la cocina (su creación, un plato llamado Chamuyo). Le habría gustado estudiar mecánica y dedicarse a la restauración de Escarabajos (VW), maneja un “Vocho” de 1960. Y destaca que tal vez el gran amor por su mujer (Azafata) viene de su película favorita “Dónde está el Piloto”, mismo amor que siente por sus dos hijas y por sus dos fieles perros.