Una patada de nostalgia es la que sintieron todos los participantes y asistentes a la reciente XXII Reunión Mundial de Citroën 2CV realizada en la ciudad portuaria de Ericeira, en Portugal.

Conocida por estos lados como Citroneta, el vehículo tiene una pléyade de fanáticos sólo comparable con la Kombi de Volskwagen. Ambos son emblemas de tiempos pretéritos, cuando los autos tenían más alma.

Al encuentro de Ericeira acudieron dos mil 2CV, conducidas orgullosamente por personas llegadas de todo el mundo, para una fiesta inolvidable.

En Chile, la Citroneta ayudó a masificar el uso del automóvil, en tiempos donde tener un auto era privilegio de pocos y donde campeaban modelos de enorme tamaño, como era la concepción imperante.

Su mecánica simple y fidelidad a toda prueba le ganaron el cariño de todos, pues nunca te dejaba botado. Además, en caso de desperfecto, las soluciones eran simples y muchas veces, de no tratarse de algo mayor, podían ser resueltas por su propio dueño.

La suspensión mullida era su marca de fábrica, aunque también su corto recorrido, lo que hacía que mucha veces se las viera circular con la cola hundida y casi pegada al piso, cuando el familión se trepaba a ella y enfilaba a la playa a velocidad de crucero (80 y 90 km/h).

Ahhh, eran otros tiempos.

El último recuerdo que tengo del temple de la Citroneta data de fines de los 90, cuando unos amigos compraron una que encontraron por ahí, la reacondicionaron y se encaminaron en un viaje de dos semanas de ida y vuelta a Perú. Todo resultó bien, pero la Citroneta resintió el esfuerzo y desfalleció en el viaje de regreso a la altura de Copiapó.

Desde ahí regresó a Santiago encaramada en un camión, pero con su dignidad intacta después de tamaña hazaña.