“Un Estado totalitario realmente eficiente será aquel en que los jefes políticos tododerosos y su ejército de colaboradores gobiernen a una población de esclavos que no necesita ser coartado, porque amarán su servidumbre”

No digan que nadie les avisó. La cita es de 1932, pertenece al libro “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y advierte de una sociedad completamente controlada no por la fuerza, sino que por propia voluntad. Y aquí estamos, en 2017, con la noticia de una compañía de Wisconsin, Estados Unidos, instalando microchips en sus empleados.

Se trata de la empresa Three Square Market (32M), la cual pondrá un trozo de tecnología en 50 de sus 85 trabajadores. Aclaramos: ninguno de ellos ha sido obligado a hacerlo, sino que cada una de las personas ha decidido de manera voluntaria ser parte de este programa.

¿Cuál es la gracia del microchip y que lo hace tan tentador? A través de tecnología RFID permitirá hacer compras en máquinas dispensadoras, abrir puertas, usar fotocopiadoras, loguearse a computadoras de la compañía, compartir tarjetas de presentación e incluso almacenar información médica.

Pero no es todo. Según Todd Westby, CEO de 32M, en el futuro también podrá ser “eventualmente un estándar, permitiendo su uso como pasaporte, licencia de conducir y entregar ilimitadas oportunidades de compra”.

En 32M -que pertenece a TW Vending, una compañía que tiene varios contratos con prisiones en los Estados Unidos- aseguran que el microchip es seguro de acuerdo a las regulaciones de la FDA, tiene un código de encriptación similar a las tarjetas de crédito y, por si te lo estabas preguntando, no posee GPS o capacidad de rastreo.

O al menos eso es lo que dicen.

Su instalación tomará dos segundos y será como recibir una vacuna. ¿Sacarlo? Una experiencia similar a quitar una astilla.

¿Te anotas?