Piénsalo así: si tienes la suerte de contar con tus dos manos, es poco probable que te veas en la obligación de tener que usar esta sofisticada técnica de ponerte los pantalones.

Eso, a menos de que en tus otras manos acarrees la camisa, el vestón, el bolso, la corbata y estés arrancando de una casa antes de que te agarre un marido celoso.